Subir a por aire
Subir a por aire Como era de esperar, el viejo Brewer se había dado una vuelta por el pueblo y nos había delatado. Nuestro padre tenía una expresión sombría. Fue a la tienda a buscar una correa y se dispuso a «despellejar» a Joe. Pero éste se resistió, gritó y dio patadas, y salió del paso con solo un par de golpes, aunque al día siguiente no pudiese eludir la tanda de bastonazos del maestro. Yo también traté de defenderme, pero era aún lo bastante pequeño como para que mi madre me atrapase en su regazo y me diese lo mío con la correa. Así que en un día recibí tres palizas: una de Joe, otra del viejo Brewer y la otra de mi madre. Al día siguiente, la banda resolvió que yo todavía no era miembro con plenos derechos, y que tenía que pasar la «prueba» (palabra que habían sacado de las historias de pieles rojas). Insistieron mucho en que había que masticar el gusano antes de tragárselo. Además, como yo era el más joven y me tenían envidia por ser el único que había pescado algo, fueron contando que el pez que cogí no era grande. Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de los peces que se han pescado, que tienen tendencia a crecer cada vez que se habla de ellos, aquél fue disminuyendo de tamaño hasta el punto de no abultar más que un ciprino. Pero no importaba. Yo había ido de pesca. Había visto el flotador hundirse en el agua y había sentido el pez agitándose al extremo del sedal, y, por muchas mentiras que contasen, aquello no podrían quitármelo.