Subir a por aire

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Yo había caminado casi veinte kilómetros y no estaba cansado. Todo el día había andado detrás de la banda, haciendo todo lo que ellos hacían. Ellos me llamaban «el nene» y me hacían todos los desaires que podían, pero yo me había salido con la mía. Tenía una sensación maravillosa, una sensación que no se puede conocer si no se ha vivido. Pero todos los hombres la han vivido, más tarde o más temprano. Sabía que ya no era un niño, que por fin era un chico, y es una cosa fantástica ser un chico, poder vagabundear donde los mayores no pueden cogerle a uno, perseguir ratas, matar pájaros, tirar piedras, sacar la lengua a los carreteros y vocear palabrotas. Es una sensación intensa, lujuriosa, una sensación de conocerlo todo y no tener miedo de nada, que se extrae, de alguna manera, del infringir normas y del matar cosas. Formaban parte de ella la imagen de los blancos y polvorientos caminos, la cálida sensación de los ropas sudadas, el perfume del hinojo y de la menta silvestre, las palabrotas, el ácido olor de las basuras, el sabor de la limonada efervescente, los eructos, las patadas a los pajarillos, los tirones del pez en el anzuelo… Doy gracias a Dios por ser un hombre, porque las mujeres no conocen esa sensación.




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