Subir a por aire

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Un pez enorme. No exagero al decir que era enorme. Tenía casi la longitud de mi brazo. Se deslizaba por el estanque, a cierta profundidad. Después se convirtió en una sombra y desapareció en el agua más oscura del otro lado. Sentí como si me hubiesen atravesado con una espada. Era, con mucho, el pez más grande que había visto nunca, vivo o muerto. Me quedé allí clavado, conteniendo la respiración y, al cabo de un momento, vi deslizarse bajo el agua otra gran sombra. Y otra. Y dos más, juntas. El estanque estaba lleno de ellas. Eran carpas. Era posible que fuesen bremas o tencas, pero lo más seguro era que fuesen carpas. Las bremas y las tencas no se hubiesen hecho tan grandes. Adiviné lo que había ocurrido. En alguna época, aquel estanque había estado unido a otro, y después el punto de unión se había secado, los árboles se habían cerrado en torno al estanque y éste había sido olvidado. Es algo que ocurre algunas veces. Se olvida la existencia de un estanque; nadie pesca en él durante años, durante décadas, y los peces crecen hasta hacerse enormes. Aquellos que yo estaba viendo podían muy bien tener cien años, y nadie en el mundo sabía de su existencia excepto yo. Posiblemente, hacía veinte años que nadie se acercaba siquiera a aquel estanque, e incluso el viejo Hodges y el administrador del señor Farrell habían olvidado su existencia.



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