Subir a por aire
Subir a por aire No pueden imaginarse lo que sentÃa. Al poco rato, no pude soportar aquel suplicio de Tántalo y corrà al otro estanque para ir a buscar los aparejos. Pero era inútil intentar coger uno de aquellos colosales peces con la caña que yo tenÃa; la hubiesen roto como un cabello. Y ya no podÃa seguir pescando aquellas pequeñas bremas. La vista de las grandes carpas me tenÃa casi mareado. Monté en la bicicleta y volvà a casa. Era un maravilloso secreto para un muchacho: un estanque sombrÃo oculto en el bosque, con unos enormes peces que nadie habÃa ido a pescar nunca y que morderÃan el primer cebo que se les ofreciese. Era sólo cuestión de procurarse una caña lo suficientemente fuerte para sujetarlos. Ya lo tenÃa decidido: comprarÃa los aparejos necesarios aunque tuviese que robar el dinero del cajón de la tienda. De la forma que fuese, Dios sabÃa cómo, me harÃa con media corona y comprarÃa un sedal de seda para salmones, algo de tripa gruesa o sedal de seda y alambre y anzuelos del número 5, y volverÃa al estanque provisto de queso, gusanos, pasta de pan, gorgojos, brandlings, saltamontes y cualquier cebo del mundo que pudiese tentar a una carpa. Y volverÃa el sábado siguiente, no más tarde.