Subir a por aire
Subir a por aire AquÃ, voy a confesarles una cosa, o mejor, dos cosas. La primera es que, cuando vuelvo la vista atrás y echo una ojeada a mi vida, no puedo decir, honradamente, que nada de lo que he hecho nunca me haya proporcionado tanta satisfacción como la pesca. Todo lo demás ha resultado bastante aburrido, incluso las mujeres. No quiero presentarme como uno de esos hombres a quien no interesan las mujeres. He andado mucho tras ellas, y lo harÃa aún si pudiese. Pero, si me dieran a escoger entre conseguir a cualquier mujer, a cualquier mujer, o pescar una carpa de cinco kilos, me quedarÃa siempre con la carpa. Y la otra confesión es que, desde los dieciséis años, nunca he vuelto a ir de pesca. ¿Por qué? Porque las cosas son asÃ. Porque en esta vida que llevamos —no quiero decir la vida humana en general, sino la vida de esta época en este paÃs concreto— no hacemos las cosas que queremos hacer. Y no es porque estemos siempre trabajando. Nadie trabaja sin parar, ni siquiera los peones de granja o los sastres judÃos. Es porque llevamos dentro un demonio que nos hace ir de aquà para allá haciendo estupideces sin parar. Hay tiempo para todo, excepto para lo que vale la pena. Piensen ustedes en las cosas que realmente les gustan, y calculen en horas el tiempo de su vida que han pasado haciéndolas. Y después calculen el tiempo que han invertido en actividades como afeitarse, ir en autobús, esperar en la estación para hacer transbordo, contar chistes verdes y leer el periódico. Después de los dieciséis años, no volvà a ir de pesca. ParecÃa que nunca habÃa tiempo. Trabajaba, iba detrás de las chicas, llevaba mis primeros botines y mis primeros cuellos altos —aquellos cuellos de 1909 para los que se hubiera necesitado un cuello de jirafa—, seguÃa cursos por correspondencia de venta y contabilidad y «me formaba». Y entretanto, los grandes peces nadaban en el estanque de Binfield House. Nadie sabÃa de su existencia excepto yo. Estaban guardados en un rincón de mi mente; algún dÃa, un dÃa festivo entre semana, quizá, volverÃa allà y los pescarÃa. Pero nunca volvÃ. Encontré tiempo para todo excepto para aquello. Y, cosa curiosa, la única vez que estuve a punto de ir a pescar otra vez fue durante la guerra.