Subir a por aire
Subir a por aire Fue en otoño de 1916, poco antes de que me hiriesen. Habíamos salido de las trincheras y estábamos en un pueblo alejado de la línea de fuego, y aunque era sólo septiembre estábamos cubiertos de barro de los pies a la cabeza. Como de costumbre, no sabíamos con seguridad el tiempo que pasaríamos allí ni a dónde iríamos después. Afortunadamente, el comandante estaba un poco en baja forma, tenía bronquitis o algo así, y no nos fastidiaba con las habituales revistas, partidos de fútbol y otras cosas por el estilo, que tienen la supuesta función de mantener la moral de las tropas no combatientes. El primer día lo pasamos echados en la paja en los graneros donde nos alojábamos, limpiándonos el barro de las polainas, y por la noche algunos se pusieron a hacer cola donde unas putas viejas y fastidiadas, en las afueras del pueblo. Por la mañana, aunque teníamos orden de no abandonar el pueblo, me escabullí y fui a dar una vuelta por lo que antes eran campos, sumidos ahora en una tremenda desolación. Era una mañana húmeda y ventosa. Por todas partes reinaba la suciedad y el desorden que trae la guerra, esa confusión que es quizá peor que un campo de batalla cubierto de cadáveres. Árboles con ramas arrancadas, agujeros de bombas a medio llenar, latas, cagadas, barro, trozos de alambre de espino oxidado enredados con las hierbas… Ya deben de conocer ustedes la sensación que se tiene cuando se vuelve del frente. Una rigidez en las articulaciones, y por dentro una especie de vacío, la sensación de que nunca se volverá a sentir interés por nada. Era en parte el miedo y el cansancio, pero sobre todo el aburrimiento. En aquellos momentos, no había razón para pensar que la guerra fuese a acabarse nunca. Hoy, mañana o pasado, uno iba a volver a las trincheras, y quizá la semana próxima le haría picadillo una bomba. Pero aquello no era peor que el espantoso aburrimiento de aquella guerra que no terminaba nunca. Paseaba junto a un seto cuando me encontré con un tipo de nuestra compañía, cuyo nombre no recuerdo, al que apodaban Nobby. Era un chico moreno, de andar desgarbado y aspecto agitanado, un tipo que, incluso de uniforme, daba siempre la impresión de llevar escondidos dos conejos robados. Era vendedor ambulante de oficio y un auténtico cockney, pero uno de esos cockneys que viven en parte de recoger lúpulo, cazar pájaros, pescar en vedado y robar fruta en Kent y en Essex. Era muy entendido en perros, hurones, pájaros domésticos, gallos de pelea, y cosas así. Cuando me vio, me hizo una seña con la cabeza. Y me dijo, con aquella forma de hablar suya, brusca y furtiva: