Subir a por aire

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—¡Oye, George; mira! ¿Ves aquellos álamos, al otro lado del prado?

(La gente me llamaba aún George; por aquella época aún no estaba gordo).

—Sí.

—Pues al otro lado hay un estanque con unos peces acojonantes.

—¿Peces? No fastidies…

—Te digo que hay unos peces de coña. Percas. Las más gordas que me he echado nunca a la cara. Ven a verlas, si quieres.

Marchando por el barro, nos dirigimos allá. Nobby tenía razón. Junto a los álamos había un estanque de aguas turbias, con orillas arenosas. Era una antigua cantera llena de agua. Y había en ella cantidades de percas. Por todas partes, a poca profundidad, se veían brillar sus lomos, a rayas azul oscuro. Algunas de ellas debían de pesar una libra. Me imagino que, en los dos años que llevábamos de guerra, nadie las habría molestado, y habían tenido tiempo de multiplicarse. No creo que puedan imaginarse el efecto que me causó la vista de aquellos peces. Fue como si, inesperadamente, volviese a la vida. Nobby y yo teníamos una misma y única idea en la cabeza: hacernos con una caña y un sedal.

—¡Madre mía! —exclamé—. Hemos de venir a cogerlas.


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