Subir a por aire
Subir a por aire —¡Joder, si vendremos! Ahora, al pueblo, a buscar un par de cañas.
—De acuerdo. Pero habrá que andar con ojo. Si se entera el sargento, nos caerá una buena.
—¡A la mierda con él! Que me arresten y que me cuelguen si quieren, pero yo tengo que venir a pescar aquÃ.
No pueden imaginar el deseo inmenso que sentÃamos de coger aquellos peces. O quizá sà pueden, si han estado en la guerra. Quizá conocen el desesperado aburrimiento de la guerra, y la manera en que uno se agarra a casi cualquier tipo de distracción. He visto a dos tipos en un refugio pegarse como locos por la mitad de una revista. Y en lo que nosotros sentÃamos entonces habÃa algo más: la esperanza de escapar, quizá por un dÃa entero, de la atmósfera de la guerra; la idea de estar sentados bajo los álamos pescando percas, lejos de la compañÃa, del ruido, de la peste de los uniformes, lejos de los oficiales, de los saludos, y de la voz del sargento. La pesca es lo contrario de la guerra.