Subir a por aire
Subir a por aire Cuando nos Ãbamos, dije sin darle importancia, sólo para ver la reacción de Hilda:
—Un dÃa de estos voy a venir a pescar yo también…
—¿Qué? ¿Que tú vas a venir a pescar, George? Pero si tú no sabes…
—Oh, yo habÃa sido muy aficionado —le dije.
Ella se mostró vagamente en contra, como de costumbre, pero no pudo argumentar nada, excepto que si yo iba a pescar no vendrÃa conmigo, para no ver aquellos bichos fofos y asquerosos que se ponÃan en el anzuelo. Y, de pronto, se dio cuenta de que, si yo iba de pesca, el equipo que necesitarÃa, caña, carrete y todo lo demás, costarÃa aproximadamente una libra. La caña sola ya costarÃa diez chelines. Inmediatamente, se enfadó. Ustedes no saben cómo se pone Hilda cuando ve que se van a malgastar diez chelines.
—¡Vaya una ocurrencia! —me espetó—. Gastar tanto dinero en una cosa asÃ. Es absurdo. ¡Y que se atrevan a cobrar diez chelines por una cañita como éstas! ¡Es vergonzoso! ¿Y cómo vas a ir a pescar a tu edad? Un hombrón como tú… No seas niño, George.
Entonces intervinieron los niños. Lorna se me arrimó y me preguntó con ese estúpido descaro suyo:
—¿Tú eres un niño, papá?
Y el pequeño Billy, que en aquella época todavÃa hablaba mal, anunció al mundo en general: