Subir a por aire

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Claro que tengo quince días de vacaciones cada verano. Ya saben ustedes. Margate, Yarmouth, Eastbourne, Hasting, Bournemouth, Brighton. La cosa varía ligeramente según andemos de dinero cada año. Con una mujer como Hilda, la principal actividad de las vacaciones es una incesante contabilidad mental encaminada a averiguar cuánto nos están robando en la pensión. Esto y decirles a los niños que no, que no tenemos dinero para comprarles otro cubo para la arena. Hace unos años estuvimos en Bournemouth. Una hermosa tarde fuimos a pasear por el rompeolas, que debe de tener medio kilómetro de longitud. A todo lo largo había tipos pescando con gruesas cañas, con sus pequeños cascabeles al extremo y sus sedales que se adentraban cincuenta metros en el mar. Ésta es siempre una pesca aburrida, y además los peces no picaban, pero el caso era que aquellos hombres estaban pescando. Los niños se aburrieron pronto y pidieron volver a la playa. Hilda vio a uno de los pescadores clavar un gusano de arena en el anzuelo, y dijo que le daba un asco tremendo. Pero yo quería pasear un rato más. En un momento dado, sonó fuertemente uno de los cascabeles, y uno de los hombres comenzó a recoger el sedal. Todo el mundo se puso a mirarle. Fueron saliendo del agua el sedal mojado, el plomo, y, por fin, un gran pez —una platija, creo—, balanceándose y agitándose. El hombre la tiró en las tablas del suelo, y allí se quedó, volviéndose de un lado y de otro, toda mojada y brillante, con su espalda gris y rugosa y su vientre blanco, desprendiendo un fresco y salado olor a mar. Sentí que algo se removía en mi interior.


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