Subir a por aire
Subir a por aire Supongo que ya se imaginan el resto. Al pasar lista, se dio la orden de empaquetar y prepararse para marchar dentro de veinte minutos. Anduvimos nueve kilómetros carretera abajo y después subimos a camiones que nos llevaron a otro punto del frente. Nunca volví a ver ni a saber nada del estanque bajo los álamos. Debieron de envenenarlo con gas mostaza.
Desde entonces, nunca he vuelto a pescar. Nunca parecía presentarse la ocasión. Vino el resto de la guerra, y después, como todo el mundo, hube de luchar para encontrar un trabajo. Después cogí un empleo y el empleo me cogió a mí. Yo era un joven ambicioso que trabajaba en una agencia de seguros, uno de esos prometedores hombres de negocios de mandíbula enérgica y grandes esperanzas que aparecían en los anuncios de la Academia Clark. Y después fui uno de los muchos infelices retribuidos con cinco o diez libras a la semana, habitantes de una casita semiseparada en un barrio. La gente como yo no va a pescar, de la misma manera que los corredores de bolsa no van al campo a coger margaritas. No es lo adecuado. Para ellos están previstas otras diversiones.