Subir a por aire
Subir a por aire La época en que más placer me causó la lectura fue entre los once y los dieciséis años, más o menos. Al principio, leÃa siempre los semanarios infantiles de a penique —pequeños y finos, muy mal impresos y con una ilustración a tres tintas en la portada—, y algún tiempo después, libros. Sherlock Holmes, el Doctor Nikola, El pirata de hierro, Drácula, Raffles… Y Nat Gould, Ranger Gull, y aquel otro, cuyo nombre no recuerdo, que escribÃa historias de boxeo casi tan rápidamente como Nat Gould escribÃa narraciones de carreras. Supongo que, si mis padres hubiesen sido un poco más cultos, me habrÃan hecho tragar libros «buenos», Dickens, Thackeray y demás, y ya en la escuela nos obligaban a leer Quentin Durward, y el tÃo Ezequiel me exhortaba a veces a leer a Ruskin y a Carlyle. Pero en casa no habÃa prácticamente ningún libro. Padre no habÃa leÃdo un libro en su vida, excepto la Biblia y el Ayúdate a ti mismo, de Smiles, y yo no leà ningún libro «bueno» por propia decisión hasta mucho más tarde. Y no lo lamento. Leà las cosas que tenÃa ganas de leer, y aprendà más con ellas que con todos los rollos que me soltaron en la escuela.