Subir a por aire
Subir a por aire Padre balbució entonces, en tono preocupado, una serie de explicaciones. Últimamente, tenía «una mala temporada». Las cosas «se habían puesto algo difíciles», y la consecuencia era que Joe y yo tendríamos que empezar a ganarnos la vida. En aquel momento, yo no sabía, ni me importaba demasiado, si el negocio iba bien o mal. Ni siquiera tenía la suficiente visión comercial para ver la razón de que las cosas se hubiesen puesto «difíciles». El hecho era que padre tenía que hacer frente a una competencia muy fuerte. Sarazins, la importante cadena de tiendas de grano, que tenía sucursales por todo el país, había establecido un nuevo tentáculo en Lower Binfield. Seis meses atrás, habían alquilado una tienda en la plaza y la habían decorado profusamente con pintura verde brillante, letras doradas, herramientas de jardinería pintadas de rojo y de verde y enormes anuncios de guisantes de olor, de modo que le llamaba a uno la atención a cien metros de distancia. Sarazins, además de vender semillas de flores, se presentaban a sí mismos como «proveedores de todo tipo de aves de corral y animales domésticos», y además de trigo, avena y cosas de este tipo, vendían piensos especiales para aves de corral, grano para pájaros en llamativos paquetes, galletas de todos los tamaños y colores para perros, medicinas, ungüentos y polvos para condicionar, y también objetos como ratoneras, correas para perro, incubadoras, huevos artificiales, tela metálica para sembrados, bombillas, herbicidas e insecticidas, e incluso tenían en algunas sucursales un departamento de venta de conejos y pollitos. Padre, con su vieja y polvorienta tienda y su negativa a vender artículos nuevos, no podía competir con aquello, y tampoco se lo propuso nunca. Los comerciantes propietarios de caballos y los granjeros que hubieran podido comprar allí no se pasaron a Sarazins, pero sí lo hicieron, al cabo de unos meses, todos los señores de quiero y no puedo de la vecindad, que en aquella época tenían carruajes, y por lo tanto caballos. Aquello significó una gran merma en el volumen de negocios de mi padre y del otro vendedor de granos, Winkle. Pero, por aquel entonces, yo no me daba cuenta de nada de esto. Tenía una actitud infantil con respecto a ello. Nunca me había interesado por el negocio. Nunca o casi nunca había ayudado en la tienda, y las pocas veces que padre me mandaba a hacer un recado o me hacía echar una mano en algo, como transportar sacos de grano al desván o bajarlos de allí, yo me zafaba tan pronto como podía. Los chicos de nuestra clase no son tan absolutamente infantiles como los que van a los internados; saben lo que es el trabajo y lo que significa el dinero, pero también consideran natural mirar el negocio del padre como una cosa aburrida. A mí, hasta aquel momento, las cañas de pescar, las bicicletas, las limonadas gaseosas y las cosas de este tipo me habían parecido mucho más reales que todo cuanto ocurría en el mundo de los adultos.