Subir a por aire

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Padre había hablado ya con el viejo Grimmett, el dueño de la tienda de comestibles, que buscaba un muchacho despabilado y estaba dispuesto a admitirme inmediatamente. Padre despediría al aprendiz y Joe se quedaría a ayudar en la tienda hasta que encontrase un trabajo fijo. Joe había dejado la escuela hacía algún tiempo, y desde entonces había hecho poco más que holgazanear. Padre había pensado alguna vez en «colocarle» en el departamento de contabilidad de la fábrica de cerveza, y anteriormente había tenido incluso la ilusión de hacerle subastador. Pero las dos cosas eran completamente imposibles, porque Joe, a sus diecisiete años, escribía como un colegial y no se sabía la tabla de multiplicar. Por entonces, trabajaba en la importante tienda de bicicletas de las afueras de Walton, «aprendiendo el oficio», se suponía. Andar entre bicicletas era algo que le iba a Joe, quien, como la mayoría de los idiotas, tenía cierta afición a la mecánica, pero era incapaz de trabajar regularmente y se pasaba el tiempo paseando con su mono sucio, fumando Woodbines, buscando pelea con todo el mundo, bebiendo —comenzó ya entonces—, saliendo con una chica después de otra y pegándole sablazos a padre.





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