Subir a por aire
Subir a por aire Éste estaba preocupado, desconcertado y vagamente resentido. Me parece aún verle, con la calva enharinada, los dos mechones de cabello canoso encima de las orejas, las gafas y el bigote gris. No comprendía lo que pasaba con el negocio. Durante años, sus beneficios habían aumentado lenta y regularmente, diez libras un año y veinte el siguiente, y ahora, de pronto, descendían bruscamente. No lo entendía. Había heredado la tienda de su padre y había pasado muchos años trabajando duro, comerciando honradamente, vendiendo buena mercancía, sin engañar nunca a nadie. Y sin embargo, sus beneficios bajaban. Repetía una y otra vez, mientras sorbía entre las muelas para extraer de ellas alguna miga de pan, que los tiempos eran malos, que el negocio estaba muy flojo y que no sabía qué demonio le pasaba a la gente, que parecía que los caballos ya no comían. Finalmente, decidió que debían de ser los efectos de aquellos condenados motores, de aquellos «trastos pestilentes».