Subir a por aire

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Sería bonito que pudiese contarles ahora cómo yo fui una gran ayuda para él en aquellos momentos de apuro, cómo de pronto comencé a portarme como un hombrecito y mostré cualidades que nadie había sospechado en mí, etcétera, como ocurría en las novelas edificantes de hace treinta años. O también estaría bien decirles que me dolió amargamente tener que dejar la escuela, y que mi joven y despierta mente, ávida de cultura y de refinamiento, veía con repugnancia el insulso y mecánico trabajo al que se me obligaba, etcétera, como ocurre en las novelas edificantes de ahora. Pero tanto una cosa como otra serían cuento. Lo cierto es que la idea de ir a trabajar me resultó agradable y atractiva, sobre todo cuando me enteré de que el viejo Grimmett me pagaría un sueldo de verdad, doce chelines a la semana, de los que podría quedarme cuatro para mí. Las grandes carpas de Binfield House, que habían ocupado mi pensamiento durante los últimos tres días, se esfumaron. No vi ningún inconveniente en dejar la escuela unos años antes de tiempo. La cosa era habitual para los chicos de nuestro medio. Todos «iban a ir» a la universidad de Reading, estudiar para ingenieros, «dedicarse a los negocios» en Londres o alistarse en la marina, y después, avisando dos días antes, desaparecían de la escuela, y al cabo de quince días uno se los encontraba repartiendo verduras con una bicicleta. Al cabo de cinco minutos de haberme comunicado padre que tenía que ir a trabajar, ya estaba pensando en el traje nuevo que necesitaría con aquel motivo. Inmediatamente, comencé a reclamar «un traje de chico mayor», con la chaqueta de moda en aquel momento, ceñida a la cintura y de faldones amplios. Naturalmente, tanto madre como padre se escandalizaron y dijeron que ni hablar del asunto. En aquella época, por alguna razón que nunca he acabado de comprender, los padres se esforzaban en impedir que sus hijos vistiesen como las personas mayores durante tanto tiempo como podían. En todas las casas se producía una larga lucha antes de que el chico llevase su primer cuello alto y de que la chica se recogiese el pelo. Así pues, la conversación se apartó de los problemas económicos de padre y degeneró en una larga y fastidiosa discusión, en el curso de la cual padre se puso cada vez más enfadado y repitió una y otra vez:


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