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Padre se estaba arruinando, pero no lo sabía. Decía simplemente que los tiempos eran muy malos, que se vendía cada vez menos y que las facturas eran cada vez más difíciles de pagar. Gracias a Dios, no llegó a saber que estaba arruinado, porque no tuvo tiempo de ver el final del proceso. Murió muy inesperadamente —de una gripe que se transformó en neumonía— a principios de 1915. Hasta el fin creyó que con economía, trabajo duro y honradez, un hombre puede salir adelante. Debió de haber cantidad de pequeños comerciantes que se llevaron esta convicción no ya a la tumba, sino al asilo. Hasta Lovegrove, el talabartero, que durante varios años vio pasar coches y camionetas por delante de sus narices, no se dio cuenta de que se había quedado fuera de juego. Y tampoco mi madre vivió para saber que la vida que le habían enseñado a llevar, la vida de una honrada hija de tendero y esposa de tendero en el reino de Victoria, se había terminado para siempre. Los tiempos eran difíciles y los negocios iban mal, padre estaba preocupado, y esto y aquello «iban de mal en peor», pero, en conjunto, se seguía como de costumbre. La antigua forma de vida inglesa no podía cambiar. Por los siglos de los siglos, las mujeres honradas y temerosas de Dios harían bizcocho de Yorkshire y pastelillos de manzana en enormes cocinas de carbón, llevarían ropa interior de lana y dormirían en colchones de pluma, harían mermelada de ciruela en julio y escabeche en octubre, y leerían el Hilda’s Home Companion por las tardes, con las moscas zumbando a su alrededor, en una especie de tranquilo mundo aparte hecho de té hirviente, piernas fatigadas y finales felices. No digo que ninguno de los dos, ni padre ni madre, fueran exactamente los mismos hasta el final. Estaban desconcertados, y a veces algo desanimados. Pero al menos no vivieron para saber que todo aquello en lo que habían creído no valía nada. Vivieron el final de una época, cuando todo se disolvía en una especie de extraña corriente, y no lo supieron. Creyeron que duraría eternamente. Y es comprensible que lo creyeran así. Eso fue.


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