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Es cierto que cuando se evoca un período de tiempo pasado, se tiende a recordar los episodios más agradables. Esto ocurre incluso con la guerra. Pero también es cierto que en aquellos años la gente tenía algo que no tenemos ahora. ¿Qué era? Simplemente, que no veían el futuro como motivo de temor. No es que la vida fuera más fácil que ahora. Era mucho más dura. En conjunto, la gente trabajaba más, vivía con menos comodidades y moría con más sufrimiento. Los peones de granja trabajaban de sol a sol por catorce chelines a la semana, y acababan agotados, deshechos, con un retiro de cinco chelines, y, de cuando en cuando, media corona de la parroquia. Y lo que se denominaba «pobreza respetable» era aún peor. Cuando el viejo Watson, que tenía una pequeña tienda de tejidos al final de la Calle Mayor, «quebró» después de años de lucha, sus posesiones personales ascendían a dos libras, nueve chelines y seis peniques, y murió casi inmediatamente después de lo que se definió como «afección gástrica», pero que el doctor dejó entender que era hambre. Pero el pobre hombre se aferró a su levita hasta el final. El viejo Crimp, el ayudante del relojero, un hombre hábil en su oficio, que había trabajado en él desde niño durante cincuenta años, tuvo cataratas y hubo de ingresar en el asilo. Cuando se lo llevaron, sus nietos lloraban en la calle. Su mujer se puso a hacer faenas, y haciendo grandes esfuerzos conseguía enviarle un chelín semanal para que tuviese algo de dinero. Se veían cosas horribles. Pequeños negocios que se hundían lentamente, prósperos comerciantes que se convertían gradualmente en hombres arruinados y desesperados, gente que moría poco a poco de cáncer y del hígado, maridos que se comprometían cada lunes a la abstinencia y rompían su promesa cada sábado, chicas arruinadas para toda la vida por un hijo ilegítimo… Las casas no tenían cuarto de baño, y en las mañanas de invierno, para lavarse, había que romper el hielo de la palangana. Cuando hacía calor, las calles pequeñas olían como el demonio, y el cementerio estaba en el mismísimo centro del pueblo, de modo que no pasaba un día sin que uno recordase cómo había de acabar. Y sin embargo, ¿qué era lo que tenía la gente en aquellos tiempos? Una sensación de seguridad, aun cuando no estuviesen seguros. Era, más exactamente, una sensación de continuidad. Todos sabían que tenían que morir, y me imagino que unos pocos sabían que iban a arruinarse, pero lo que no sabían era que el orden de cosas vigente fuese a cambiar en su totalidad. Les pasase a ellos lo que les pasase, las cosas seguirían tal como ellos las habían conocido. No creo que influyese mucho en esto el hecho de que lo que se llama creencia religiosa fuese aún general en aquellos días. Es cierto que casi todo el mundo iba a la iglesia, por lo menos en el campo —Elsie y yo seguimos yendo como cosa natural, aun cuando vivíamos en lo que el vicario hubiese llamado «pecado»—, y si se preguntaba a la gente si creían en una vida después de la muerte, generalmente respondían que sí. Pero nunca he visto a nadie que diese la impresión de creer realmente en una vida futura. Creo que, como máximo, la gente cree en estas cosas de la misma manera que los niños creen en Papá Noel. Pero es precisamente en los períodos de estabilidad, en los momentos en que una cultura parece firmemente asentada sobre sus bases, cuando las cosas como la vida futura no importan. Ya es bastante fácil morir si se sabe que las cosas a las que uno tiene apego van a sobrevivirle. Uno ha vivido su vida, está cansado y le llega la hora de dormir bajo tierra. Así es como la gente lo veía antes. Individualmente, ellos se acababan, pero su forma de vida continuaba. Lo que ellos consideraban el bien y el mal seguirían siendo el bien y el mal. No sentían moverse el suelo bajo sus pies.


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