Subir a por aire
Subir a por aire Mil novecientos trece. Mil novecientos catorce. La primavera de mil novecientos catorce. El endrino y los espinos en flor, y después los castaños. Los domingos por la tarde en el camino de sirga y el viento ondulando los juncos. Se movÃan todos juntos en grandes y densas masas, un poco como la cabellera de una mujer. Las interminables tardes de junio, el sendero bajo los castaños, un búho ululando en alguna parte y el cuerpo de Elsie junto a mÃ. Aquel junio fue muy caluroso. ¡Cómo sudábamos en la tienda y cómo olÃan el queso y el café molido! Y después, fuera, el frescor de la tarde, el aroma de los alhelÃes y del tabaco de pipa en la callejuela de detrás de los huertos, el fino polvo de los caminos y los chotacabras persiguiendo a los abejorros.
¡Qué demonios! ¿Por qué dicen que no hay que ponerse sentimental al pensar en «antes de la guerra»? Pues yo me pongo sentimental, y ustedes también, estoy seguro.