Subir a por aire

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Elsie y yo fuimos amantes hasta finales de verano. Al principio, yo me mostré demasiado tímido y torpe para tomar la iniciativa, y demasiado inexperto para darme cuenta de que había habido otros antes que yo. Un domingo por la tarde fuimos a los hayales de Upper Binfield. Allá arriba siempre se estaba solo. Yo la deseaba mucho, y sabía bien que ella sólo esperaba que yo diese el primer paso. No sé por qué, se me ocurrió que podíamos entrar en las tierras de Binfield House. El viejo Hodges, que tenía más de setenta años y se había vuelto muy arisco, era capaz de echarnos, pero, siendo domingo por la tarde, probablemente estaría haciendo la siesta. Nos colamos por un agujero de la valla y seguimos el sendero que discurría entre las hayas y llevaba al estanque grande. Hacía cuatro años o más que no iba por allí. Nada había cambiado. La misma gran soledad, la sensación de aislamiento que daban los grandes árboles que nos rodeaban, la vieja casilla de botes pudriéndose entre los juncos. Nos tumbamos en la hierba, junto a la menta silvestre, sintiéndonos tan solos como si estuviésemos en el centro de África. La besé no sé cuántas veces, pero siempre me levantaba y me ponía a pasear otra vez. La deseaba mucho y quería tomar la iniciativa, pero tenía un poco de miedo. Y, cosa curiosa, al mismo tiempo tenía otra idea en la cabeza. Se me ocurrió de repente que durante años había tenido intención de volver allí y no había vuelto. Ahora que estaba tan cerca, era una lástima no acercarme al otro estanque y echar una mirada a las grandes carpas. Pensaba que si desperdiciaba la ocasión, me daría de bofetadas después; en realidad, no comprendía cómo no había vuelto antes. Las carpas estaban guardadas en mi mente; nadie sabía de su existencia excepto yo, y vendría a pescarlas algún día. Prácticamente, eran mías. Incluso comencé a pasear a lo largo de la orilla en aquella dirección, pero, cuando hube caminado unos diez metros, di media vuelta. Para llegar al estanque había que abrirse paso por una pequeña jungla de zarzas y de broza podrida, y yo iba vestido de domingo. Traje gris oscuro, sombrero hongo, botines y un cuello que casi me cortaba las orejas, que es como la gente se vestía en aquellos tiempos para ir a pasear el domingo. Y, por otra parte, deseaba terriblemente a Elsie. Volví, pues, donde ella estaba y la miré un momento. Estaba echada en la hierba, tapándose los ojos con el brazo. No se movió cuando me oyó acercarme. Con su vestido negro, parecía, no sé, como suave, como entregada, como si su cuerpo fuese de alguna materia maleable con la que yo pudiera hacer lo que quisiese. Era mía y podía hacerla mía en aquel mismo momento si lo deseaba. Súbitamente, dejé de tener miedo, tiré el sombrero a la hierba (recuerdo que rodó unos instantes), me arrodillé a su lado y la tomé en mis brazos. Todavía ahora puedo sentir el olor de la menta silvestre. Para mí era la primera vez; para ella no, pero no le dimos demasiada importancia. Así ocurrió. Las grandes carpas volvieron a difuminarse en mi mente y, de hecho, durante varios años después de aquel día, apenas pensé en ellas.


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