Subir a por aire
Subir a por aire Fuimos amantes durante un año, más o menos. Naturalmente, en un pueblo como Lower Binfield, sólo se podía ser amantes de manera clandestina. Oficialmente, «salíamos», que era una forma de relación aceptada y no exactamente la misma que «estar prometidos». Había un camino que salía de la carretera de Upper Binfield y seguía la base de las colinas. Había un trozo largo, de kilómetro y medio, que era completamente recto y estaba flanqueado por enormes castaños. Bajo las ramas de éstos había un sendero llamado «el camino de los amantes». Íbamos allá las tardes de mayo, cuando los castaños estaban en flor. Después, las noches se hicieron cortas, y había luz durante muchas horas después de salir de la tienda. Ya saben cómo son las tardes de junio, los largos crepúsculos azules y el aire que le acaricia a uno la cara como seda. Algún domingo por la tarde íbamos a la colina de Chamford y bajábamos a los prados que hay junto al Támesis. ¡Mil novecientos trece! ¡Dios mío! ¡Mil novecientos trece! Aquella paz, aquel agua verde, el chapoteo de la presa… Ya no volverá más. No quiero decir que no volverá mil novecientos trece, sino aquella sensación que se tenía de no tener prisa y de no tener miedo, esa sensación que, o bien ustedes ya la han tenido y no necesitan que se la describa, o no la han conocido, y si es así ya no la conocerán nunca.