Subir a por aire

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Siento gratitud hacia Elsie, porque gracias a ella aprendí a sentir interés por una mujer. No quiero decir por las mujeres en general, sino por una mujer concreta. Yo la conocía del Círculo de Lecturas, pero apenas me había fijado en ella. Un día fui a Lilywhite’s en horas de trabajo, cosa que no hubiese podido hacer en circunstancias normales, pero en la tienda se había acabado la gasa de envolver mantequilla y el viejo Grimmett me envió a mí a comprar. Ya saben cómo es la atmósfera de una tienda de tejidos. Es algo peculiarmente femenino. Hay un ambiente de sonidos apagados, una luz tamizada y un fresco aroma de ropa. Elsie estaba inclinada sobre el mostrador, cortando una pieza de tejido con las grandes tijeras. Había algo en su vestido negro y en la curva de su pecho contra el mostrador, algo que no puedo describir, extrañamente suave, extrañamente femenino. Al verla, uno notaba que podía tomarla en sus brazos y hacer lo que quisiera con ella. Era profundamente femenina, muy dulce, muy sumisa, el tipo de muchacha que haría siempre lo que un hombre le dijese, aunque no era ni pequeña ni débil. Era muy callada, pero nada tonta. En ocasiones, era terriblemente fina, pero en aquellos tiempos yo también lo era.




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