Subir a por aire
Subir a por aire Era como si uno fuese manejado por una enorme máquina. No se tenía la impresión de actuar por propia voluntad, pero al mismo tiempo tampoco se le ocurría a uno resistir. Si la gente no tuviera esta sensación, ninguna guerra duraría tres meses. Los ejércitos recogerían sus cosas y se irían a casa. ¿Por qué me había alistado yo? ¿Por qué se habían alistado el otro millón de idiotas que lo hicieron antes de ser movilizados? En parte por aburrimiento, y en parte por defender la amada Inglaterra y todo eso. Pero ¿cuánto tiempo nos duró el entusiasmo? La mayoría de los muchachos que yo conocí lo habían perdido ya mucho antes de llegar a Francia. Los hombres de las trincheras no se sentían patriotas, no odiaban al káiser, les importaba un comino la pequeña y noble Bélgica y el hecho de que los alemanes violasen a monjas encima de las mesas (siempre se decía «encima de las mesas», como si ello agravase la cosa) en las calles de Bruselas. Pero a nadie se le ocurría tratar de escapar. La máquina ya le había atrapado a uno y podía hacer con él lo que quisiese. Le cogía a uno y le dejaba en lugares y situaciones que nunca había imaginado, y si alguien se hubiese visto transportado a la superficie de la Luna, no le habría parecido extraño. El día que me enrolé en el ejército, se terminó para mí la vida de antes. Era como si ya no tuviese ninguna relación conmigo. No sé si se creerán que, desde aquel día, sólo he vuelto una vez a Lower Binfield, para asistir al entierro de mi madre. Parece increíble contado así, pero en aquellos momentos resultaba bastante natural. En parte, lo reconozco, fue a causa de Elsie, a quien, como era de suponer, había dejado de escribir al cabo de dos o tres meses. Sin duda, ella debía de haber encontrado a otro, pero yo no quería verla. De no ser por esto, quizá hubiese aprovechado algún permiso para ir a ver a madre, la cual, si bien se puso como loca cuando me alisté, hubiese estado orgullosa de ver a su hijo en uniforme.