Subir a por aire
Subir a por aire Padre murió en 1915, cuando yo estaba en Francia. No exagero al decir que su muerte me duele más ahora de lo que me dolió entonces. En aquel momento fue una mala noticia que recibí casi con indiferencia, con aquella especie de apatía ausente con la que uno lo aceptaba todo en las trincheras. Recuerdo que fui a la entrada del refugio en busca de un poco de luz para leer la carta, y recuerdo las huellas que dejaron en ella las lágrimas de madre, el dolor de mis rodillas y el olor del barro. La póliza del seguro de vida de mi padre había sido hipotecada por más de su valor, pero quedaba algo de dinero en el banco, y los de Sarazins iban a comprar la tienda e incluso pagarían una pequeña cantidad por la cesión. El caso es que madre tenía algo más de doscientas libras, además de los muebles. Provisionalmente, se fue a vivir con su prima, cuyo marido poseía una pequeña granja y se ganaba bien la vida con la guerra. Era en Doxley, algunos kilómetros después de Walton. El traslado era sólo «a título provisional». Todo se hacía entonces con una sensación de provisionalidad. En los viejos tiempos, que, por cierto, tenían sólo un año de vejez, la muerte de mi padre hubiese sido un gran desastre. Sin su trabajo, sin la tienda y con doscientas libras por todo capital, hubiésemos visto nuestro porvenir como una especie de tragedia en quince actos acabada en un entierro de tercera. Pero en aquellos momentos la guerra y la sensación de no ser dueño de sí mismo le quitaba importancia a todo. La gente no pensaba ya casi nunca en cosas como la ruina y el asilo, incluyendo a mi madre, la cual sabe Dios que tenía una idea bien vaga de la guerra. Además, estaba ya muy enferma, aunque ni ella misma lo sabía.