Subir a por aire
Subir a por aire Vino a verme al hospital de Eastbourne. Hacía más de dos años que no la veía, y su aspecto me impresionó. Parecía haberse marchitado y encogido. En parte, me hacía aquel efecto porque yo me había hecho mayor y había viajado, y todo me parecía más pequeño. Pero era indiscutible que madre estaba más delgada y también más pálida. Me habló, divagando constantemente como hacía siempre, de la tía Martha (la prima con quien vivía), de los cambios que se habían producido en Lower Binfield desde el comienzo de la guerra, de todos los chicos que «se habían ido» (es decir, que se habían alistado), de sus dolores de estómago que «empeoraban», de la lápida del pobre padre y de lo bien que había quedado de muerto. Era la vieja charla de siempre, la que había oído durante años, pero en cierta manera era como oír hablar a un fantasma. Todo aquello ya no me interesaba. Yo la había conocido a ella como una figura protectora, grande y espléndida, un poco como el mascarón de proa de un barco y un poco como una gallina clueca, y ahora veía sólo una anciana vestida de negro. Todo cambiaba y se desfiguraba. Aquélla fue la última vez que la vi viva. Cuando estaba en la escuela de oficiales de Colchester recibí un telegrama en el que se me anunciaba que estaba gravemente enferma, y solicité inmediatamente una semana de permiso. Pero llegué tarde. Cuando llegue a Doxley, ya había muerto. Lo que ella y todo el mundo habían considerado una simple dispepsia era un tumor interno, y un inesperado enfriamiento en el estómago le dio el golpe de gracia. El médico trató de consolarme diciéndome que el tumor era «benigno», lo cual me pareció una extraña manera de denominarlo, puesto que la había matado.