Subir a por aire
Subir a por aire Poco después de que me ascendiesen, hubo una demanda de oficiales para Intendencia. Tan pronto como el comandante del centro se enteró de que yo sabía algo de comestibles (claro que yo no le dije que incluso había estado detrás de un mostrador), me ordenó que me presentase. La cosa dio resultado, y estaba a punto de ir a otra escuela de oficiales, en algún punto del interior, cuando hubo una solicitud de un oficial joven que tuviese alguna idea del comercio de la alimentación, para ser una especie de secretario de sir Joseph Cheam, uno de los jefazos de Intendencia. Sabe Dios por qué me escogieron a mí. Siempre he creído que debieron de confundir mi nombre con el de alguien. Tres días después, me presentaba en el despacho de sir Joseph. Éste era un hombre de edad madura, de aspecto agradable, delgado, de espalda erguida, con el pelo canoso y una interesante nariz que le daba un aire grave. Me impresionó nada más verlo. Su aspecto era el del perfecto soldado profesional, el del Comandante de la Orden de San Miguel y San Jorge y miembro de la Orden de Servicios Distinguidos con distintivo de plata, y parecía hermano gemelo del tipo del anuncio de De Reszke, aunque en la vida privada era presidente de una gran cadena de tiendas de productos alimenticios y famoso por una cosa llamada el sistema Cheam de reducción de salarios. Cuando yo entré, dejó de escribir y me miró.
—¿Es usted un señor? —me preguntó.