Subir a por aire
Subir a por aire La guerra hacía cosas extraordinarias con la gente. Y más extraordinaria aún que la forma en que mataba a los hombres era a veces la forma en que no los mataba. Era como una gran oleada que le arrastraba a uno hacia la muerte pero que a veces le dejaba en algún remanso, donde se encontraba haciendo cosas absurdas e increíbles y cobrando por ello una paga superior a la normal. Había batallones de zapadores que hacían carreteras en el desierto, carreteras que no llevaban a ninguna parte; había tipos destacados en islas del Atlántico para acechar el paso de cruceros alemanes que habían sido hundidos hacía años; había ministerios de esto y de lo otro que tenían ejércitos de oficinistas y mecanógrafas, y que existían durante varios años después de que su misión hubiese terminado, por simple inercia. Había hombres a quien las autoridades encargaban trabajos sin sentido, para olvidarles después durante años. Esto es lo que me ocurrió a mí, y probablemente gracias a ello estoy vivo para contarlo. El desarrollo de los hechos es bastante interesante.