Subir a por aire
Subir a por aire En parte, claro, porque ella era joven y en cierta manera muy bonita. Además de esto, sólo puedo decir que, como sus orígenes eran totalmente distintos de los míos, me era muy difícil hacerme una idea de cómo era realmente. Tenía que casarme con ella primero para averiguarlo. Mientras que, si me hubiese casado, pongamos, con Elsie Waters, habría sabido con quién me casaba. Hilda pertenecía a una clase que yo sólo conocía de oídas, la de los funcionarios, militares y curas empobrecidos. Durante generaciones, sus antepasados habían sido soldados, marinos, sacerdotes, oficiales angloindios y cosas por el estilo. Nunca habían tenido dinero, pero tampoco habían hecho nunca nada de lo que yo podría definir como trabajo. Y, dígase lo que se quiera, esta gente tiene cierto atractivo para el esnobismo de la honrada clase de los tenderos, la clase de la Iglesia Baja y de los tés abundantes. Ahora no me impresionaría en absoluto, pero entonces sí. No interpreten mal lo que les digo. No me casé con Hilda porque pertenecía a la clase a la que yo había servido un día tras el mostrador, con la conciencia de subir un peldaño en la escala social. Fue simplemente que yo era incapaz de entenderla, y por tanto, era capaz de enamorarme de ella. Y una cosa que desde luego no vi entonces es que las chicas de estas familias arruinadas de la clase media están decididas a casarse con cualquier cosa que lleve pantalones con tal de salir de sus casas.