Subir a por aire

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Ella tenía entonces veinticuatro años. Era una chica bajita, delgada, bastante tímida, de pelo oscuro, gestos agradables y —por sus enormes ojos— un claro parecido con una liebre. Era una de esas personas que nunca hablan mucho, que asisten a las conversaciones sin intervenir y dando la impresión de que escuchan. Cuando abría la boca, era habitualmente para decir «Ah, sí, yo también lo creo», expresando su acuerdo con el último que había hablado. En el tenis evolucionaba muy graciosamente y no jugaba mal, pero tenía como un aire infantil y desvalido. Se llamaba Vincent de apellido.

Si usted está casado, se habrá preguntado a veces: «¿Por qué diablos lo hice?», y sabe Dios que yo me lo he preguntado con frecuencia pensando en Hilda. Y me lo pregunto ahora, después de quince años: ¿Por qué me casé con Hilda?








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