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Yo era suscriptor de Boots con carnet «A», iba a los bailes de media corona y era socio de un club de tenis del barrio. Ya saben ustedes cómo son esos clubs de tenis de los barrios residenciales: pequeños pabellones de madera y campos rodeados de altas telas metálicas, donde una serie de jóvenes en pantalones de franela blanca bastante mal cortados, hacen cabriolas y gritan «¡Quince cuarenta!» y «¡Ventaja al resto!» en tonos y acentos que constituyen una pasable imitación de la aristocracia. Yo había aprendido a jugar al tenis, no bailaba demasiado mal y me iba bastante bien con las chicas. A mis casi treinta años, con mi cara colorada y mi pelo claro, no era un tipo feo, y en aquellos años era un punto a favor el haber luchado en la guerra. Ni entonces ni nunca he conseguido parecer un señor, pero tampoco me hubiese tomado nadie por el hijo de un pequeño tendero de pueblo. Me defendía bien en aquella sociedad variada de Ealing, donde los empleados de oficina se codean con los profesionales medios. Fue en el club de tenis donde conocí a Hilda.







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