Subir a por aire
Subir a por aire ¿Conocen ustedes a estas familias angloindias? Al entrar en sus casas, uno puede olvidar completamente que afuera, en la calle, está la Inglaterra del siglo XX. Apenas se traspasa el umbral, se encuentra uno en la India de los años ochenta. Ya conocen ustedes la atmósfera. Los muebles de teca tallada, las bandejas de bronce, las polvorientas cabezas de tigre en la pared, los cigarros de Triquinópolis, las fotos amarillentas de hombres con salacots, las palabras indostaníes incorporadas a la conversación normal, las inacabables anécdotas de la caza del tigre y de lo que le dijo Smith a Jones en Poona en el 87. Es una especie de pequeño mundo propio que se han creado, como una especie de quiste. Para mí, naturalmente, todo aquello era nuevo, y en algunos aspectos muy interesante. El viejo Vincent, el padre de Hilda, había estado no sólo en la India sino en algún país aún más lejano, Borneo o Sarawak, no recuerdo. Era el tipo habitual, completamente calvo, casi invisible detrás del bigote y fuente inagotable de historias de cobras, fajines y de lo que el gobernador del distrito dijo en el 93. La madre de Hilda era una persona tan gris que era como una fotografía más. Tenían otro hijo, Harold, que ocupaba un cargo oficial en Ceilán y estaba en casa de vacaciones cuando yo conocí a Hilda. Su casa era pequeña y oscura, y estaba en una de esas calles secundarias de Ealing. Olía eternamente a cigarros de Triquinópolis, y estaba tan llena de espadas, cerbatanas, ornamentos de bronce y cabezas de animales salvajes que uno apenas podía moverse por ella.