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El viejo Vincent se había retirado en 1910, y desde entonces él y su mujer habían desplegado tanta actividad, mental y física, como un par de moluscos. Pero en aquella época yo estaba vagamente impresionado por aquella familia que contaba entre sus miembros a comandantes, coroneles e incluso a un almirante. Mi actitud hacia los Vincent y la de ellos hacia mí constituye una interesante ilustración de lo tontas que pueden ser las personas cuando se salen de su ambiente. Si me ponen a mí entre comerciantes, sean directores de empresa o viajantes, sabré juzgarles bastante bien. Pero con la clase de los oficiales y curas rentistas yo no tenía experiencia alguna, y tendía a reverenciar a aquellos fósiles. Les miraba como a mis superiores, social e intelectualmente, mientras que ellos, por su parte, me tomaban a mí por un prometedor hombre de negocios que no tardaría en hacer dinero. Para la gente como ellos, los «negocios», ya se trate de seguros marítimos o de venta de cacahuetes, son algo oscuro y misterioso. Todo lo que saben es que son una cosa vulgar con la cual se puede hacer dinero. El viejo Vincent explicaba enfáticamente que yo me dedicaba «a los negocios» —una vez, recuerdo que tuvo un lapsus y dijo «al comercio»—, y era evidente que no conocía la diferencia entre dedicarse a los negocios en calidad de subordinado y hacerlo por cuenta propia. Tenía la vaga idea de que, como yo estaba «en» La Salamandra Volante, más pronto o más tarde llegaría a ocupar alguno de los altos cargos de la compañía, por un proceso de promoción. Creo posible que se imaginase también a sí mismo sableándome billetes de cinco libras en alguna fecha futura. Harold, desde luego, tenía esa intención. Se notaba en su manera de mirarme. De hecho, aun con los modestos ingresos que tengo ahora, es probable que todavía estuviese prestándole dinero a Harold. Afortunadamente, murió unos años después de nuestra boda, de fiebre entérica o algo de este tipo, y los padres murieron también.


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