Subir a por aire
Subir a por aire ¡Los buenos ratos que han pasado las tres! A veces, casi las envidio. La señora Wheeler es la dirigente. No hay ningún tipo de estupidez a la que ella no las haya arrastrado en una ocasión u otra. Cualquier cosa, desde la teosofía hasta los juegos de manos con cuerdecitas, con tal de que salga barata. Durante meses, se apasionaron por la dietética. La señora Wheeler se había hecho con un ejemplar de segunda mano de un libro llamado Energía Radiante, donde se demostraba que se puede vivir de lechuga y de otras cosas baratas. Naturalmente, esto le interesó a Hilda, que inmediatamente comenzó a seguir una dieta de hambre. Y lo hubiese experimentado también conmigo y con los niños, si yo no me hubiese opuesto. Después les dio por la curación por la fe. Más tarde pensaron en el pelmanismo, pero, después de mucha correspondencia, resultó que no podían obtener los folletos gratuitamente, como creía la señora Wheeler. Después fue la cocina en cajas aislantes de heno. Y después, una porquería llamada «vino de abejas», que se suponía que no costaba nada porque se hacía con agua. Lo dejaron cuando leyeron un artículo en el periódico en el que se decía que el vino de abejas produce cáncer. Más tarde, estuvieron a punto de ingresar en uno de esos clubs femeninos que hacen visitas dirigidas a las fábricas, pero después de mucho contar, la señora Wheeler llegó a la conclusión de que los tés gratuitos que ofrecían las fábricas no equivalían al precio de la suscripción. Después, la señora Wheeler consiguió hacerse amiga de alguien que regalaba entradas para las representaciones de no sé qué compañía teatral. Yo las he visto a las tres atender durante horas a alguna obra muy intelectual de la que ni siquiera fingían comprender una sola palabra, hasta el punto de que al salir ni siquiera recordaban el título. Pero eso sí, tenían la satisfacción de obtener algo a cambio de nada. Una vez, hasta les dio por el espiritismo. La señora Wheeler había descubierto a un médium arruinado, que estaba tan desesperado que daba sesiones por dieciocho peniques, y les dejaba a las tres mirar un momento detrás del velo por seis peniques cada vez. Yo vi al tipo un día cuando vino a dar una sesión a nuestra casa. Era un individuo entrado en años, vestido con ropas raídas y con un evidente terror a los delirium tremens. Temblaba tanto todo él que cuando se quitaba el abrigo en el vestíbulo tuvo una especie de espasmo y se le cayó un ovillo de gasa de la vuelta del pantalón. Conseguí devolvérselo sin que ellas lo viesen. Según parece, la gasa es la materia prima con la que hacen el ectoplasma. Supongo que el hombre tendría otra sesión después, porque por dieciocho peniques no se producen manifestaciones. Pero el mayor descubrimiento de la señora Wheeler en estos últimos años ha sido el Club de Préstamo de Libros. Creo que fue en el 36 cuando comenzó a hablarse del Club en West Bletchey. Yo me hice socio poco después, y creo que es una de las pocas ocasiones en que he gastado dinero sin que Hilda protestase. A ella no le parece mal comprar un libro cuando se puede conseguir por un tercio de su precio normal. Es realmente curiosa esta actitud de las mujeres. La señorita Minns empezó uno o dos de aquellos libros, pero a las otras dos ni siquiera se les pasó por la cabeza la idea de leerlos. Nunca han tenido relación directa con el Club, ni ninguna idea concreta de lo que es; hasta creo que al principio la señora Wheeler pensaba que vendían a bajo precio libros de segunda mano. Les basta saber que pueden conseguir libros de siete chelines y seis peniques por dos chelines y medio, y están siempre diciendo que es «una ganga». De vez en cuando, la delegación local del Club organiza reuniones y trae a gente para que den conferencias, y la señora Wheeler siempre arrastra a las otras dos. Es una gran aficionada a las reuniones de todo tipo, siempre y cuando no se celebren al aire libre y la entrada sea gratuita. Y allá se sientan las tres, muy satisfechas, sin saber de qué se habla y sin preocuparse por averiguarlo, pero con la vaga sensación, especialmente la señorita Minns, de estar haciéndose una culturita sin gastar un céntimo.