Subir a por aire
Subir a por aire Pues ésta es Hilda. Ya se habrán hecho una idea de ella. Mirada en conjunto, supongo que no es peor que yo. En los primeros tiempos de nuestro matrimonio, sentí deseos de estrangularla, pero después ya fui dejando de pensar en ella. Y después engordé y senté la cabeza. Creo que fue en 1930 cuando engordé. Ocurrió tan bruscamente que tuve la impresión de que me había alcanzado una bala de cañón y se me había quedado dentro. Ya saben cómo son estas cosas. Una noche, uno se acuesta sintiéndose aún más o menos joven, con ganas de mirar a las chicas y todo eso. Y a la mañana siguiente se levanta con la plena conciencia de no ser más que un pobre gordo, sin ninguna perspectiva en la vida más que echar el bofe para comprarles zapatos a los niños.
Y ahora estamos en 1938, y en cada astillero del mundo están acabando de remachar los barcos para otra guerra. Y un hombre que vi casualmente en un letrero despertó en mí toda una cantidad de recuerdos que tendrían que estar enterrados hace yo qué sé cuántos años.