Subir a por aire

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Torcí por la calle Walpole y llegué a la Avenida Principal. Hay un tren para Londres a las 10.14. Al pasar por delante del Sixpenny Bazaar, recordé mi propósito de comprar hojas de afeitar. Cuando llegué al departamento de jabones, el jefe de sección o como quiera que se llame ese empleado estaba abroncando a la dependienta. Por lo general, a esa hora de la mañana no hay mucha gente en el Sixpenny. A veces, si se entra inmediatamente después de que abran, se puede ver a las chicas en fila escuchando el sermón matinal, encaminado a ponerlas en forma para toda la jornada. Dicen que estas grandes cadenas de almacenes emplean a individuos con una especial facilidad para el insulto y el sarcasmo, para que vayan de sucursal en sucursal a animar a las chicas. El empleado en cuestión era un tipo bajo y feo, de hombros muy anchos y bigote gris y erizado. Acababa de sorprender a la chica en algún descuido, un error en el cambio, al parecer, y le estaba chillando con una voz parecida al sonido de una sierra circular.

—¡Ah, no! ¡Claro que no podía contarlo! ¡Claro que no podía! Se habría cansado mucho…





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