Subir a por aire
Subir a por aire Antes de que pudiera evitarlo, mi mirada se cruzó con la de la chica. No era agradable para ella tener a un tipo gordo, mayor y con la cara colorada mirándola mientras la estaban poniendo verde. Desvié mis pasos tan rápidamente como pude y fingí interesarme por las cosas del mostrador de al lado, anillas para cortinas o algo así. El jefecillo continuaba con la bronca. Era una de esas personas que le dejan a uno en paz y después, súbitamente, se vuelven y atacan de nuevo, como las libélulas.
—¡Claro que no podía contarlo! A usted qué le importa que falten dos chelines… No le importa un comino. Qué son dos chelines para usted… ¿Para qué molestarse en contarlos como Dios manda? ¡Ah, no! Aquí nada interesa excepto su conveniencia. Usted no piensa en los demás, ¿verdad?