Subir a por aire
Subir a por aire La cosa continuó durante unos cinco minutos. Los gritos se oían en casi todo el establecimiento. El tipo repitió varias veces el número de dejarla, haciéndole creer que había terminado con ella, y volver al cabo de un momento como un perro furioso para soltarle otra andanada. Alejándome un poco más, les miré nuevamente. La chica no tenía más de dieciocho años, estaba bastante gordita y tenía una expresión alelada. Era el tipo de chica que nunca contaría bien los cambios. Estaba toda colorada y se retorcía literalmente de inquietud. Era exactamente como si el hombre la estuviese pegando con un látigo. Las chicas de los otros mostradores fingían no enterarse de nada. El tipo era un hombrecillo feo y engreído, de los que sacan el pecho y se ponen las manos bajo los faldones de la chaqueta, que serían sargentos si les alcanzase la talla. ¿No han observado cuán a menudo se emplea a hombres bajitos para esta clase de trabajos de dirección de personal? El individuo acercaba la cara a la de la muchacha, como para chillarle mejor. Y ella estaba toda roja y se retorcía.