Subir a por aire

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Finalmente, el hombre decidió que ya había dicho bastante y se alejó, erguido y solemne como un almirante. Yo me acerqué al mostrador a por mis hojas de afeitar. El tipo sabía que yo lo había oído todo, y la chica lo sabía también, y los dos sabían que yo sabía que ellos sabían. Pero lo peor era que ella, en atención a mí, tenía que fingir que no había ocurrido nada y adoptar la actitud reservada y distante propia de una dependienta ante los clientes masculinos. Segundos después de que yo viese cómo la trataban como a una fregona, tenía que representar el papel de la señorita bien educada y dueña de sí misma. Estaba aún sonrojada y le temblaban las manos. Yo le había pedido hojas de un penique, y ella revolvía nerviosamente en el cajón de las de tres peniques. En un momento dado, el jefecillo miró hacia nosotros y por un instante ambos creímos que quería volver a empezar. La chica se encogió, como un perro al ver el látigo. Pero no dejaba de mirarme con el rabillo del ojo. Pude darme cuenta de que me odiaba intensamente porque había visto cómo la reñían. Qué extraño…






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