Subir a por aire
Subir a por aire Cogí el ramo de primaveras y aspiré su fragancia. Pensé en Lower Binfield. Era curioso cómo, desde hacía dos meses, su recuerdo había estado constantemente rondándome la cabeza, después de veinte años de tenerlo prácticamente olvidado. Y en aquel momento se oyó el motor de un coche que se acercaba por la carretera.
Volví a la realidad con una especie de sobresalto. Me di cuenta de pronto de lo que estaba haciendo: pasear por el campo cogiendo primaveras, cuando hubiera debido estar haciendo el peritaje de aquella quincallería de Pudley. Y, lo que es más, me asustó de pronto lo que pensaría la gente del coche si me veía. ¡Un hombre gordo con sombrero hongo con un ramo de primaveras en la mano! Quedaría rarísimo. Los hombres gordos no cogen primaveras, por lo menos en público. Tuve el tiempo justo de tirarlas por encima del seto antes de que los del coche pudieran verme. Y me salvé de una buena al hacerlo. El coche iba lleno de mocosos de veinte años. ¡Lo que se habrían reído si me hubieran visto!
Todos me miraban, de esa manera en que la gente le mira a uno desde un coche que se aproxima, y se me ocurrió que, a pesar de todo, podrían haber adivinado de alguna manera lo que estaba haciendo. Mejor hacerles pensar que era otra cosa. ¿Por qué se baja un hombre del coche junto a un desvío? Evidente. Cuando el coche hubo pasado, fingí abrocharme un botón de la bragueta.