Subir a por aire
Subir a por aire Seguà pisando el acelerador hasta que la vieja carraca se puso a la máxima velocidad, a más de setenta por hora. HacÃa un ruido semejante al de una bandeja de latón llena de tazas de porcelana, y al amparo de aquel ruido casi me puse a cantar de contento que estaba.
Naturalmente, el problema era Hilda. Aquel pensamiento moderó un poco mi entusiasmo. Y puse el coche a cuarenta para reflexionar.
Era casi seguro que, más pronto o más tarde, Hilda me descubrirÃa. Lo de tener sólo una semana de vacaciones en agosto podÃa salvarlo sin dificultad. PodÃa explicarle que aquel año la compañÃa sólo me daba una semana. Probablemente, no me harÃa muchas preguntas acerca de aquel punto, porque verÃa en seguida que representaba una reducción en los gastos de vacaciones. Y los niños, de todas maneras, siempre pasan un mes en la playa. El problema era encontrar una coartada para la semana de mayo. No podÃa irme sin decir nada. Lo mejor, pensé, serÃa decirle con mucha anticipación que me mandarÃan a hacer un trabajo especial a Nottingham, Derby o Bristol, o a algún otro lugar muy alejado. Si se lo decÃa dos meses antes, parecerÃa que no tenÃa nada que ocultar.