Subir a por aire

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Estaba, pues, atravesando Westerham. Era una espléndida mañana de junio. Soplaba una ligera brisa, y las copas de los olmos se balanceaban al sol. Nubecillas blancas corrían por el cielo como un rebaño de ovejas, y sus sombras se perseguían unas a otras por los campos. Después de Westerham, me crucé con un repartidor de los Helados Walls, un chico de mejillas rojas que iba como una exhalación en su bicicleta, silbando tan fuerte que el sonido se le metía a uno en la cabeza. Me hizo recordar, inesperadamente, la época en que yo también era repartidor (aunque en aquellos tiempos no teníamos bicicletas de piñón libre), y estuve a punto de hacerle parar para comprarle un helado. En los campos, habían segado ya el heno en algunas zonas, pero no estaba guardado aún; los montones se secaban al sol, formando largas filas brillantes, y su olor llegaba hasta la carretera y se mezclaba con el de la gasolina.









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