Subir a por aire
Subir a por aire Yo me encontraba aún en mi zona acostumbrada, dentro de los límites de mi «distrito», como lo llama la compañía. Lo natural, dado que iba hacia el oeste, habría sido salir de Londres por la carretera de Uxbridge. Pero, por una especie de instinto, había seguido mi ruta habitual. Lo que pasaba era que me sentía culpable, y quería alejarme bastante antes de tomar la dirección de Oxfordshire. Y a pesar de que había arreglado las cosas tan bien con Hilda y con la compañía, a pesar de las doce libras que llevaba en la cartera y de la maleta que descansaba en el maletero, cuando me acercaba a cada desvío sentía la tentación —a pesar de que sabía que no sucumbiría a ella— de abandonar mi plan. Tenía como la sensación de que mientras circulaba por mis rutas habituales estaba aún dentro de la ley. Aún no es demasiado tarde, pensaba. Aún hay tiempo de tomar el camino respetable. Podía ir a Pudley, por ejemplo, visitar al director del Banco Barclay (que es nuestro agente en la ciudad) y enterarme de si había alguna cosa en perspectiva. O incluso podía dar media vuelta, volver a casa y confesárselo todo a Hilda.
Al aproximarme al desvío, reduje velocidad. ¿Lo hacía o no lo hacía? Por espacio de un segundo, me sentí realmente tentado de desistir. ¡Pero no! Hice sonar el claxon y torcí en dirección al oeste, hacia la carretera que se dirige a Oxford.