Subir a por aire
Subir a por aire Bueno, ya estaba hecho. Ya estaba en terreno prohibido. Claro que cinco kilómetros más adelante podía torcer a la izquierda otra vez, si quería, y volver a Westerham. Pero, por el momento, ya iba hacia el oeste. En rigor, lo que estaba haciendo era huir. Y, cosa curiosa, apenas me vi en la carretera de Oxford, me asaltó el convencimiento de que ellos lo sabían todo. Al decir ellos me refiero a toda la gente que desaprobaría un viaje de este tipo y que, de haber podido, me hubiesen impedido continuar. O sea, prácticamente, todo el mundo.
Y lo que es más, tenía efectivamente la sensación de que ya estaban sobre mi pista. ¡Todos ellos! Toda la gente que no entendía por qué un hombre de edad madura con dentadura postiza tenía que escaparse a pasar una semana de tranquilidad en el lugar donde había pasado su infancia. Y todos los cabrones que lo entendían demasiado bien y que hubiesen removido cielo y tierra para impedírmelo. Todos venían siguiéndome. Me parecía que un enorme ejército subía por la carretera tras de mí. Mentalmente, los veía ya. Hilda marchaba al frente, claro, con los niños trotando tras ella, y la señora Wheeler la azuzaba con expresión siniestra y vindicatíva. La señorita Minns corría detrás, cayéndosele las gafas, con una expresión dolida, como la gallina que se queda fuera cuando las otras han cogido una corteza de tocino. Y sir Herbert Crum y los peces gordos de La Salamandra Volante con sus Rolls Royce e Hispano Suiza.