Subir a por aire
Subir a por aire Y todos los tipos de la oficina, y todos los infelices chupatintas de la calle Ellesmere y de todas las calles parecidas, algunos de ellos empujando cochecitos de niño, segadoras de césped y rodillos apisonadores, y otros en sus pequeños Austin Seven. Y todos los salvadores de almas y entrometidos, la gente a quien uno no ha visto nunca pero que rigen su destino, el Ministro del Interior, Scotland Yard, la Liga de la Templanza, el Banco de Inglaterra, lord Beaverbrook[8], Hitler y Stalin en un tándem, el episcopado, Mussolini, el Papa… Todos venían a por mí. Casi podía oírles gritar:
—¡Allá va un tipo que cree que va a escapar! ¡Allá va un tipo que dice que no quiere formar! ¡Se vuelve a Lower Binfield! ¡Seguidle! ¡Detenedle!
Es curioso. La impresión era tan fuerte que llegué a echar una ojeada por la ventanilla de atrás para asegurarme de que no me seguían. La mala conciencia, supongo. Pero no se veía a nadie. Sólo la blanca y polvorienta carretera y la larga hilera de olmos que se iban empequeñeciendo al quedar atrás.
Pisé el acelerador y mi vieja cafetera se puso a sesenta. Al cabo de pocos minutos había pasado de largo el desvío de Westerham. Ya estaba hecho. Había quemado las naves. Aquélla era la idea que, de manera vaga, había comenzado a formarse en mi mente el día en que me colocaron la dentadura postiza nueva.