Subir a por aire

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Volví la esquina y me dirigí al George. La desaparición del abrevadero me había dejado tan deprimido que ni siquiera miré si seguía en pie la chimenea de la fábrica de cerveza. En el George estaba todo cambiado excepto el nombre. La fachada había sido decorada hasta parecer la de uno de esos hoteles de orillas del río, y el rótulo era diferente. Fue curioso. Aunque hasta aquel momento no había pensado en aquel establecimiento ni una sola vez en veinte años, descubrí de pronto que recordaba todos los detalles del antiguo rótulo, que había visto allí desde pequeño. Era una pintura muy sencilla que representaba a san Jorge montado en un caballo muy flaco, pisoteando a un dragón muy gordo, y en la esquina, aunque la pintura estaba agrietada y descolorida, se leía, en pequeñas letras, la firma: «W. Sandford, Pintor y Ebanista». El nuevo rótulo tenía un aspecto todo artístico. Se veía que había sido pintado por un artista de verdad. San Jorge tenía un aspecto bastante afeminado. El patio empedrado con guijarros donde antes estaban los carros de los granjeros y donde iban a vomitar los borrachos los sábados por la noche, había sido ampliado hasta unas tres veces su extensión primitiva y cubierto con cemento, y estaba todo rodeado de cobertizos para aparcamiento. Dejé el coche en uno de ellos y me apeé.



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