Subir a por aire
Subir a por aire Penetré en el vestíbulo del hotel con aire altivo. El botones, que había salido ya afuera a recibirme, me seguía con la maleta. Me sentía hombre acomodado, y seguramente mi aspecto confirmaba aquella impresión. Se hubiera dicho que yo era un próspero hombre de negocios, por lo menos antes de ver el coche que traía. Me alegré de haberme puesto el traje nuevo, de franela azul con rayita blanca, que me favorece, pues tiene lo que el sastre llama «un efecto adelgazante». Creo que aquel día podía haber pasado por un corredor de bolsa. Dígase lo que se quiera, es una cosa muy agradable, en un día de junio en que el sol ilumina los geranios rosa de las macetas, entrar en un acogedor hotel de provincias con la perspectiva de un cordero asado con salsa de menta. No es que sea ninguna cosa de mi especial predilección el alojarme en un hotel. Sabe Dios que estoy hasta la coronilla de ellos, pero ello se debe a que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, me hospedo en esos desangelados hoteles «familiares y comerciales», como el Rowbottom, donde teóricamente me alojaba en aquellos momentos, esos sitios que dan habitación y desayuno por cinco chelines, donde las sábanas están siempre húmedas y los grifos del baño no funcionan. En cambio, el George parecía tan confortable que no lo hubiese reconocido. En los viejos tiempos, casi no se podía decir que fuese un hotel, sino sólo una taberna, aunque tenía un par de habitaciones para alquilar y los días de mercado servía almuerzo a los granjeros (ternera asada y bizcocho de Yorkshire, empanadillas y queso de Stilton). Todo estaba diferente, excepto el bar, al que eché una mirada al pasar y me pareció el mismo de siempre. El pasillo por donde avanzaba ahora tenía una suave alfombra, y en las paredes se veían litografías sobre temas de caza, mundillos de cobre y otros objetos decorativos de este tipo. Y recordaba vagamente aquel pasillo tal como era antes, con las desgastadas losas del suelo y el olor a yeso mezclado con el de la cerveza. Una joven muy bien arreglada, vestida de negro y con el pelo rizado, que debía de ser la encargada o algo así, me atendió en la recepción.