Subir a por aire
Subir a por aire Lo mismo me ocurrió por la tarde, cuando me senté un rato en el salón a tomarme una copa de coñac y fumarme un puro. También allí la decoración era de estilo medieval, pero había sillones de cuero de líneas aerodinámicas y mesas cubiertas de vidrio. Seguía viendo fantasmas, pero ello no me resultaba desagradable, sino al contrario. El caso es que estaba un poquito alegre, y esperaba que viniese por allí la señora rubia para entablar conocimiento con ella. Pero no apareció. Estuve por allí hasta casi la hora del té, y entonces salí a la calle.
Fui paseando hacia la plaza y torcí a la izquierda. ¡La tienda! Qué curioso. Hacía veintiún años, el día del entierro de mi madre, había pasado por delante de ella en el coche de la estación, la había visto toda cerrada y polvorienta, con el rótulo borrado por un soplete, y no me había importado un comino. Y ahora, después de tanto tiempo, cuando ya ni siquiera recordaba algunos detalles del interior de la casa, la idea de volver a verla me conmovía el corazón y las tripas. Pasé por delante de la barbería. Era aún una barbería, aunque había cambiado de nombre. De su interior se escapaba un cálido olor a jabón y a almendras. Pero no era tan bueno como el antiguo olor de ron, de laurel y de tabaco de Latakia. La tienda —nuestra tienda— estaba veinte metros más abajo. ¡Ah!