Subir a por aire
Subir a por aire Pero la comida no era mala. Tomé cordero con salsa de menta y me bebí una botella de vino blanco con nombre francés que me hizo eructar un poco pero que me animó. Había otra persona almorzando en el comedor, una mujer rubia de unos treinta años, que tenía aspecto de viuda. Me pregunté si se hospedaría en el George, y se me ocurrió vagamente la idea de ligar con ella. Es curioso cómo se mezclan las sensaciones dentro de uno. Yo seguía viendo fantasmas constantemente. El pasado y el presente se superponían. Veía los días de mercado, los altos y fuertes granjeros sentados a la larga mesa, alborotando, golpeando el suelo de piedra con los clavos de sus botas y engullendo una cantidad de ternera con pasta que parecía imposible que pudiera contener un cuerpo humano. Y veía las mesitas de ahora, con sus flamantes manteles blancos, con sus copas para el vino y sus servilletas plegadas, la decoración falsificada y el aire de prosperidad que se desprendía del conjunto, que borraban mis recuerdos una y otra vez. Y pensaba: «Tengo doce libras y llevo un traje nuevo. Soy el pequeño Georgie Bowling; ¿quién hubiera creído que volvería un día a Lower Binfield en mi propio coche?». Y el vino que había bebido hacía que me invadiese, partiendo del estómago, una cálida sensación, miraba de reojo a la mujer rubia y la desnudaba mentalmente.