Subir a por aire
Subir a por aire Yo miraba por la ventanilla la parte trasera de las casas que pasaban rápidamente por ella. La línea de West Bletchey a Londres pasa, en la mayor parte de su extensión, por barrios pobres, pero no es un panorama desagradable. Al contrario, da una cierta sensación de paz la visión de los pequeños patios con flores plantadas en cajones, de los tejados planos donde las mujeres ponen la ropa a secar, de las jaulas con canarios en las paredes. El gran bombardero negro se ladeó un poco y nos adelantó, de modo que dejamos de verlo. Yo estaba sentado de espaldas a la locomotora. Uno de los dos hombres que iban enfrente de mí contempló el aparato un momento. Adiviné lo que pensaba. Claro que era lo mismo que piensa todo el mundo. Hoy en día no hace falta ser un intelectual para pensar en estas cosas. Dentro de dos años, dentro de un año, ¿qué haremos cuando veamos uno de esos trastos? Correr al sótano muertos de miedo…
Uno de los dos hombres dejó su periódico.
—Viene el ganador de Templegate —dijo.
Los pasantes seguían soltando pedanterías acerca de una herencia libre de condición y no sé qué más. El otro agente hurgó en el bolsillo de su chaleco y sacó un Woodbine[1] torcido. Rebuscó en el otro bolsillo y se volvió hacia mí.
—¿Tiene una cerilla, gordo?