Subir a por aire

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Es cierto que estoy gordo. Es cierto incluso que la mitad superior de mi cuerpo tiene, casi exactamente, forma de cilindro. Pero lo curioso es que, por el simple hecho de que uno esté un poco grueso, casi todo el mundo, incluso un perfecto desconocido, da por sentado que puede aplicarle a uno un calificativo insultante alusivo a su apariencia personal. Suponga usted que habla con un jorobado, con un bizco o con alguien que tiene el labio partido; ¿le daría un nombre que le recordase su defecto? Pues los hombres gordos hemos de llevar la etiqueta como cosa natural y admitida por todos. Yo soy el tipo a quien la gente sistemáticamente palmea la espalda y pega puñetazos en las costillas, casi siempre con la seguridad de que ello me agrada. No puedo ir al bar Crowm, de Pudley —por donde paso una vez a la semana por cuestión de negocios— sin que ese imbécil de Waters, que es viajante de los jabones Seafoam pero que se pasa la vida en ese bar, me pinche con el dedo en las costillas diciendo con un sonsonete estúpido: «Aquí está otra vez Tom Bowling, el gordito», una gracia de la que los idiotas del bar no parecen cansarse nunca. Waters tiene unos dedos como barras de hierro. Todos ellos creen que un hombre gordo no tiene sensibilidad.




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